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Literatura
Los susurros de Cueto
El reciente finalista del premio Planeta Casa de América se convierte en personaje para dejarnos ver unas cuantas páginas de su historia.
Texto: Roberto Quiroz
Fotos: Fernando Soto
¿Pueden los personajes de una novela volverse reales e invadir la vida de su creador? Una mañana cualquiera en un café de Larcomar, Alonso Cueto estaba en plena redacción de uno de los capítulos de su último libro: El susurro de la mujer ballena. Sentado en una de las mesas del café desierto, el escritor desarrollaba la historia de un encuentro casual de dos amigas de la infancia. Una de ellas era la mujer ballena, una gorda descomunal.
Repentinamente, una mujer obesa entró en el café. El escritor levantó la vista y quedó inmediatamente impactado por la aparición. No había nadie más en el café. Sólo ellos dos. Ella se sentó una mesa más allá. Él le lanzaba miradas obsesivas. Ella no le quitaba la vista de encima. Cuando parecía que algo iba a pasar, que la situación no podría continuar así, otro personaje irrumpió en la escena. Ni más ni menos que un enano, que tras llegar hasta la gorda, miró al escritor con indiferencia y se la llevó.
Los heraldos negros
Los heraldos negros le trajeron dos noticias al adolescente Alonso. Que su padre había muerto y que sería escritor. Carlos Cueto Fernandini, ex ministro de Educación, ex funcionario de la Unesco en París, intelectual brillante, filósofo que revolucionó el sistema educativo nacional, murió repentinamente de un derrame cerebral. Pero para Alonso, de catorce años, simplemente era su querido papá, al que nunca más vería.
“En ese momento la vida se divide en dos, en un antes y un después. Para un joven, el padre es el mediador con el mundo, y cuando desaparece, la realidad se yergue ante ti de manera violenta y dura. Felizmente mi madre asumió ese vacío con enorme entereza y cariño”. Cueto recuerda dos experiencias con su padre: la serenidad y el afecto. “La disciplina es una forma de afecto, así como el consentimiento una forma de violencia o indiferencia. Mi padre era muy disciplinado, pero muy cercano. Sobre todo, a través de la palabra. Cada pregunta que le hacía —qué significaba tal palabra, cómo fue tal episodio de alguna guerra— era motivo de largas charlas entre los dos”.
Instinto paternal
Érase una vez un muchacho tímido y enfermizo que encontró en la literatura su refugio, su salvación, su liberación. Esa historia no es exclusiva, pero Alonso Cueto la encarna a la perfección. Sufría de los bronquios, y a veces, su única relación con el mundo eran los libros, que devoraba con voracidad.
Luego, en la adolescencia, vivió sus enamoramientos de manera obsesiva, volcánica, con una enorme pasión. “No estoy autorizado para hablar de mis enamoradas, pero te puedo decir que tenía temor hasta de oír su voz por teléfono. Dicen que el amor y el terror son iguales, porque tu felicidad está en manos de otras personas. Como dijo Jorge Luis Borges, el amor es una religión cuyo dios es falible”.
Felizmente la felicidad de Cueto ha estado en buenas manos. “Me casé con Cristina, una estadounidense que vino al Perú por amor, desafiando la terrible situación del país en 1984, porque yo se lo pedí. Dejó un mundo de muchas comodidades, de paz, para venir a un Estado casi en guerra. Ella tiene, además de mi afecto, todo mi amor”.......(*)
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el articulo completo lo
encontrará en la edición Nº 25 de la Revista Orgullo del Perú. |
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