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Destino

Paraíso amazónico

Enclavado en lo profundo de las selvas de Madre de Dios, el Parque Nacional del Manu es el hogar —y quizás el último refugio— de incontables especies de animales y plantas, y sobre todo de pueblos nativos que, desde el principio de la historia, supieron vivir en armonía con el bosque.

Texto y fotos: Walter H. Wust

Nuestro bote navega río arriba. La esbelta embarcación de casi quince metros de largo, esculpida sobre una sola pieza de cedro y repleta de equipaje, se desliza casi sin trabajo a través de los interminables meandros del río, que asemeja una gran serpiente de color chocolate perdiéndose en el mar verde.
Con cada curva aparecen amplias playas de fina arena y acantilados de arcilla cortados a tajo. A un lado, donde la corriente es suave, la vida comienza: pequeñas plantas de caña brava y cético van colonizando presurosas el nuevo pedazo de suelo disponible; al otro, carcomidos por la fuerza del río, decenas de árboles enormes caen hacia las aguas, marcando el fin de un ciclo que empezó siglos atrás. La selva se renueva, vive día a día.
En la orilla, perezosas tortugas y caimanes se asolean mientras cientos de aves compiten por cada centímetro de arena. Hay chorlos, gaviotas de río, rayadores y chotacabras. Todos vigilan sus huevos y protegen a sus polluelos de atentos depredadores, convirtiendo el lugar en una especie de gran cuna infantil.
Nos detenemos en una de ellas. Al disminuir la velocidad y atracar en el fango de la orilla, sentimos el vaho de más de 35 grados de temperatura. Las nubes de mosquitos y el calor hacen este lugar casi imposible de resistir. Sin embargo, permite a las aves avistar a posibles atacantes e incubar los huevos sin ayuda de los padres, ventajas nada despreciables en un mundo donde el objetivo primordial es sobrevivir.
En el interior del bosque el aire es fresco y húmedo. Cientos de fragancias y sonidos nos seducen, capturando toda nuestra atención. Cubiertas por la espesura, miles de criaturas viven la aventura de la vida en la selva tropical. En el suelo o debajo de él, entre las ramas de los diversos estratos del bosque o en las copas de los gigantes, la vida es increíblemente prolífica y activa. Cada porción de espacio es ocupada por un habitante o por colonias de ellos. Luchan por sus territorios o se asocian compartiéndolos. En fin, todo un abanico de posibilidades en donde se ha definido un espacio para cada ser, en armonía con los demás, conservando el equilibrio en medio de un aparente caos...
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(*)
el articulo completo lo encontrará en la edición Nº 23 de la Revista Orgullo del Perú.


 


 
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