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Destino
Santuario del mar
Oculta tras la vastedad de uno de los desiertos más áridos del mundo, Punta San Fernando, en Ica, es el refugio predilecto de nutridas colonias de lobos marinos y pingüinos de Humboldt. Su cielo también es sobrevolado por el célebre cóndor andino, mientras que aficionados al buceo, la pesca y el off road no dejan de visitar sus playas resguardadas y numerosas puntas e islotes.
Texto y fotos: Walter H. Wust
Nos encontramos apostados cerca de una cornisa que mira al poniente. Unas rocas erizadas como agujas nos ayudan a permanecer ocultos de la zona elegida por las aves para pasar la noche, mientras aguardamos la luz dorada que nos permitirá hacer las fotografías que hemos venido a buscar. Al cabo de unos minutos, el cielo estalla en tonos celestes y anaranjados. Largas columnas de aves se elevan sobre nuestras cabezas y se lanzan sobre el azul de ese mar chupinoso, en busca de los grandes cardúmenes de anchoveta. Nos acercamos con cuidado y trasponemos, casi rampando, la pequeña loma que nos separa del sector norte de la bahía, conocido como Playa Mansa. El espectáculo ante nosotros nos deja boquiabiertos.
Una masa viviente compuesta por cerca de cincuenta mil aves, entre piqueros y guanayes, se arremolina bulliciosa en una explanada cubierta de nidos circulares, parecidos a rosquillas gigantes. Hay aves que llegan, que se desperezan, que abren sus alas al viento. Muchas se lanzan en vuelo, siempre hacia el sur, aleteando pesadamente hasta ganar altura. El graznido ensordecedor se transforma en un zumbido de proporciones descomunales cuando las aves detectan nuestra presencia. La bandada completa se eleva por los aires tiñendo de negro el cielo y oscureciendo por largos minutos este mundo pintado de blanco. La imagen es, sencillamente, surrealista.
Debemos apresurarnos, pues la huida momentánea de las aves permite que las gaviotas —el equivalente natural de las urbanas pandillas de pirañitas— arrasen con los huevos desprotegidos y los pichones indefensos. El disparador de mi cámara trabaja sin cesar durante unos segundos y nos retiramos. Paulatinamente la calma regresa a la explanada. Mientras caminamos de regreso a la playa donde aguarda nuestra embarcación, nadie habla: solo intentamos retener las imágenes sobrecogedoras que acabamos de presenciar. Ha comenzado un nuevo día en las costas de San Fernando
Rumbo al sur
La carretera asfaltada que conduce al puerto industrial de Marcona se aleja de la Panamericana Sur. Conforme se recorren las suaves laderas de arena, aparecen construcciones apretadas frente al mar. En realidad, Marcona se ha convertido en una suerte de pueblo fantasma que sirve de sede a la mina de hierro más grande del Perú......(*)
(*)
el articulo completo lo
encontrará en la edición Nº 20 de la Revista Orgullo del Perú. |
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