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Personaje
Guardián de la
belleza
Jaime Liébana ha creado un reino
propio, en él que él es amo y señor de una de
las más bellas colecciones de arte popular
peruano.
Texto: Roberto Quiroz
Fotos: Jaime Rey de Castro
El niño caminaba por las
polvorientas calles de Chiclayo con los
bolsillos llenos de tornillos, monedas, alguna
que otra cuchara y cualquier cosa de metal que
pudiera encontrar en el camino. Se dirigía a las
líneas del tren y, mientras tanto, pensaba en su
padre muerto y, de alguna forma, sentía que se
ponía en contacto con él a través de estas
pequeñas cosas sin vida.
Al llegar a la línea del ferrocarril, repartía
cuidadosamente su tesoro en ambas vías y se
sentaba a esperar. De repente, sentía el sonido
del tren acercándose, luego el estruendo al
pasar frente a él y, finalmente, el resoplido al
alejarse. El niño se paraba e iba corriendo a
ver sus preciados objetos. Casi no los podía
agarrar: quemaban. Los envolvía en un pañuelo y
se los volvía a poner en el bolsillo. Era hora
de ir a la escuela.
Ya en clase, el niño sentía el
calor de su tesoro quemándole la pierna. Y
mientras su profesor hablaba de los planetas, la
vía láctea y los asteroides, el niño no
aguantaba la curiosidad. Sacaba con disimulo una
por una las piezas que tenía en su bolsillo y se
maravillaba de la forma que habían tomado: un
tornillo parecía un pequeño hombrecillo; una
moneda, una mosca aplastada; un tenedor, un
algarrobo. Parecían objetos de otro mundo.
Jaime Liébana recuerda aquellos años de su
infancia como el inicio de su pasión de
coleccionista. Fue entonces cuando descubrió,
gracias a la mirada del niño, que hasta las
cosas más insignificantes encierran dentro de sí
una vida secreta y mágica. Hoy tiene una
colección impresionante de arte popular peruano,
con objetos que ha ido recopilando amorosamente
año tras año.
Probablemente cuando su padre
decidió fabricar soldaditos de plomo en su
hacienda de Trujillo, no sabía que iba a ayudar
a su hijo a descubrir lo que realmente quería en
la vida. “Mi padre decidió hacer algunos objetos
de metal que se usaran en la hacienda. Pero
también tenía unos moldes para hacer soldaditos
de plomo, que regalaba a sus peones. Yo me
pasaba el día recogiendo chucherías para
fundirlas y me maravillaba con el mágico proceso
de verlas convertidas en otros objetos”.....(*)
(*) el articulo completo lo
encontrará en la edición Nº 19 de la Revista Orgullo del Perú.
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