Destino

La tentación de la selva

A ojos del visitante, Iquitos, la capital de la Amazonía peruana, es una ciudad de provocativos contrastes. Su centro histórico atesora valiosas casonas republicanas erigidas durante el boom cauchero, mientras que su exuberante entorno natural es una invitación a descubrir los misterios de la selva.

Texto y Fotos: Rolly Valdivia Chávez



Ciudad seductora, llena de misterio, en Iquitos la selva urbana se convierte en selva real. La naturaleza se vuelve intensa, con sus árboles, sus ríos disfrazados de mar, su flora y fauna generosamente diversa, su gente conocedora de los secretos del monte. Iquitos es un lunar de urbanidad en la espesura del bosque, un reducto de modernidad fundado (o sembrado) en 1757 por el jesuita José Bahamonde con el nombre de San Pablo de Napeano. Es también el primer puerto fluvial del Amazonas, que es el río más grande y caudaloso del mundo: un poderoso torrente que nace en las cumbres andinas y desemboca en el océano Atlántico.
Tiempo después, cuando la Corona española expulsó a los jesuitas del Perú, la naciente urbe -cercada por los cauces del Amazonas, Nanay e Itaya- fue llamada como hoy la conocemos, en alusión a una de las comunidades nativas de la zona. Hoy, Iquitos es la capital de la región Loreto y la ciudad más importante de la Amazonía. Pero, a pesar de su trascendencia, es una especie de isla exuberante en el nororiente del país, un lugar lejano al que solo se accede por vía aérea (desde Lima, ubicada a más de mil kilómetros) o fluvial (desde otras localidades de la selva).

A pesar de la distancia -o quizá por ella-, es un excelente destino para los viajeros que quieren descubrir, sentir, ser parte de la explosión de vida que se concentra en el bosque omnipresente; entonces, se buscan trochitas de fango que zigzaguean en laberintos de lianas y troncos o se contemplan las orillas fluviales desde una canoa aparentemente frágil, aparentemente a la deriva. Vamos a navegar y caminar por la Amazonía, pulmón del planeta, reino de la biodiversidad y bastión de resistencia cultural, donde diversos grupos étnicos -como los cocamas, los yahuas, los witotos y los boras- luchan por mantener sus costumbres ancestrales y transmitir a las generaciones venideras su forma de entender el mundo. Cultura y naturaleza se entrelazan en un safari amazónico en el que hay que andar con los ojos muy abiertos, pues en la copa de algún árbol se puede ocultar un mono aullador, o tal vez un pelejo (oso perezoso), y al lado del río -sí, a su lado derecho, señor- retoza un caimán inmóvil, monumental, y la canoa se acerca, y el animal parece despertar, se llena de vida y desaparece en un instante.....