Desde que tomó la guitarra y frotó sus cuerdas con singular maestría, los aires andinos sonaron en las mejores salas del mundo, convertidos en piezas de recital. Si hay un embajador musical de los Andes, ese es el maestro Raúl García Zárate.
Texto: Roberto Quiroz Fotos: Gerardo Puccio
Un pequeño entra, emocionado y nervioso, al escenario de un teatro. De repente escucha, sorprendido y avergonzado, que la gente empieza a reírse. No sabe por qué, no se ha dado cuenta de que la guitarra es más grande que él, lo que genera un efecto cómico entre el público. El niño se trepa al banquito, pone la guitarra sobre sus rodillas y empieza a tocar. En ese momento, se impone un silencio absoluto. Nadie más se rió del pequeño Raúl García Zárate.
"La guitarra ha sido para mí una vocación, una terapia, un hobby, una pasión. Está en mi sangre. Siempre he sido autodidacta. Nunca he pisado un conservatorio ni he aprendido a leer música", afirma el gran intérprete de la guitarra andina, el maestro Raúl García Zárate. Con decenas de discos grabados, miles de kilómetros recorridos por el mundo entero (Europa, Japón, América) y millones de aplausos en todos escenarios, el maestro sigue llenándonos el corazón cuando toca su guitarra.
¿Qué hace que algunos intérpretes transmitan, a través de sus instrumentos, una emoción única? ¿Cómo se logra dar vida a algo sin alma como una guitarra? ¿Cómo es que una melodía que no ha sido cantada por la voz humana pueda ser, paradójicamente, tan humana?
"Los temas que toco son de mi pueblo, Ayacucho, o de otros pueblos andinos. Generalmente son temas románticos y tienen un tono de nostalgia. Quizá porque la historia de estos pueblos andinos ha sido así. No lo sé, pero lo cierto es que elijo la música que me llega al alma, que me impacta. Por eso será que toco como toco", explica.
La práctica hace al maestro
Quienes lo han escuchado, no pueden creer que el maestro García Zárate jamás tuvo un profesor. Sí, así como lo leen, es un autodidacta total.
"Mi padre tocaba la guitarra y cantaba; se juntaba con los amigos en la trastienda de la casa. Yo los escuchaba, y cuando terminaban, sin que nadie me viera, cogía la guitarra y tocaba lo que había escuchado. Tenía miedo de que me descubrieran; pensaba que mi padre me iba a prohibir hacer música. Había mucha bohemia en ese entonces. Pero el primero que se alegró cuando me descubrieron fue mi padre. Me compró mi primera guitarra, y así empecé a practicar".
Y afirma, convencido, que en cualquier campo del saber la práctica es una buena maestra. Y si hay algo imprescindible que sustituye la teoría, esto es la disciplina. "Mis amigos venían para irnos de parranda, pero yo no podía. Cuando tenía 14 años mi padre murió, así que tuve que hacerme cargo de la tienda, estudiar y practicar. Por eso me tenía que levantar temprano. Esto me ayudó a disciplinarme, mientras los demás se jaraneaban"......